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La Dama de la Balanza…

diciembre 26, 2010

ARTE Y ESTILO. Dos eruditos legales rastrean símbolo a través de las épocas

Randy Kennedy

(26 diciembre 2010).- El aspecto de la “grande dame” que hemos llegado a conocer como la Dama de la Justicia -tal como la interpretaron artistas como Giotto, Brueghel y Reynolds- ha sido tan cambiante como el de una modelo de pasarela.

Ha aparecido desnuda y vestida, descalza y con calzado, empuñando una espada y sin arma alguna. Ha estado acompañada de un perro (por la fidelidad), una serpiente (por el odio) y toda una colección de acompañantes animales.

Como Judith Resnik y Dennis Curtis, catedráticos de la Facultad de Leyes de Yale, muestran en un libro nuevo y poco común que acaba de publicarse: “Representing Justice” (un tratado académico sobre las amenazas al moderno poder judicial que sirve como el tour de un obsesivo del arte occidental a través de la lente de la ley), la conocida venda de la Dama de la Justicia no llegó a ser un accesorio hasta muy avanzado el siglo 17. E incluso entonces era poco común, debido a las connotaciones profundamente negativas que las vendas tenían entre el público medieval y renacentista, que las veía como emblemas no de imparcialidad sino de engaño.

“Representing Justice” hace un seguimiento de la destacada ubicuidad de la figura de la justicia alrededor del mundo, desde la estatua en la Suprema Corte de Canadá, en Ottawa, hasta una que preside un tribunal constitucional en Azerbaiyán, y otras en Zambia, Iraq, Brasil y Japón.

“La vista era el estado deseado”, escriben los catedráticos Resnik y Curtis, “asociada a la perspicacia, la luz y los rayos del sol de Dios”. Incluso en los tiempos modernos la venda sigue encajando incómodamente en el guardarropa de la Dama de la Justicia, utilizada como un accesorio útil por los caricaturistas políticos y símbolo de disfunción por parte de otros. “Esa justicia es una diosa ciega/Es una cosa en la que nosotros los negros somos sabios”, escribió Langston Hughes, en 1923. “Su venda oculta dos llagas/Que quizá alguna vez fueron ojos”.

Está sentada en lo alto del Ayuntamiento en Manhattan, y en el tribunal Old Bailey, en Londres. Durante unos cuantos meses en el 2002, en el campus de la Escuela de Leyes William Mitchell, en St. Paul, Minnesota, donde creció Charles M. Schulz, la dama tomó la forma de uno de sus personajes de la tira cómica Rabanitos: Lucy van Pelt, con los ojos vendados, espada, balanza y una gran sonrisa.

“Están por todas partes”, dijo Resnik, quien se especializa en el sistema tribunal federal de EU y quien junto con Curtis, su esposo y algunas veces colaborador en publicaciones legales, quedó fascinada hace más de 20 años con la historia visual de la justicia y el poder judicial.

Eso los llevó a escribir un artículo periodístico de derecho en 1987 y pasar incontables horas entre los famosos estantes del Instituto Warburg de la Universidad de Londres, siguiendo los hilos de la erudición clásica que, esperaban, llevara a descubrimientos sobre la evolución de la justicia en el arte y la arquitectura.

Hace varios años empezaron a estudiar el papel central que el poder judicial ha jugado en el desarrollo de las democracias y a advertir acerca de un movimiento que se aleja de la adjudicación pública hacia la resolución de disputas privadas y tribunales a puerta cerrada. Y vieron una manera de poner a trabajar sus inclinaciones artísticas como un medio de contar esa historia.

El libro señala que la iconografía de la justicia ahora, con frecuencia, ya no es capaz de cargar el peso de las demandas legales del mundo moderno.

“Los preceptos de buen gobierno democrático codificados y repetidos en el simbolismo de la Justicia son demasiado estrechos”, escriben los autores. Y junto con la arquitectura triunfal de los mismos tribunales modernos, las imágenes pueden terminar disfrazando los problemas que yacen debajo de lo que se supone que representan.

Aunque el libro incluye varios ejemplos de las representaciones abstractas de justicia que el modernismo ha legado, la única muestra prominente de arte de los tribunales sin la Dama de la Justicia, que Curtis y Resnik presentan es una con la que se toparon hace seis años en un viaje para dar una conferencia en Grand Marais, pequeña ciudad al norte de Duluth, Minnesota.

En una pared del tribunal local pendía un cuadro en memoria de un entregado abogado de la localidad, James A. Sommerness, quien había trabajado como defensor público en el tribunal durante más de 20 años.

En vez de su retrato, habían enmarcado el deteriorado saco de pana que el abogado siempre había usado mientras defendía los casos.

“Hemos visto muchas representaciones de la justicia a través de los años”, afirmó Resnik, “pero ésa siempre será muy difícil de superar”.

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